CURADORA Y CRÍTICA DE ARTE
Raffaele Rossi
Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry
ArtNexus, #123 (diciembre 2024-mayo 2025)
En la planta baja del Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry nos encontramos con la exposición “Viaje a los orígenes” del artista italiano Raffaele Rossi, curada por Antonello Tolve. Se trata de una cuidada selección de obras que nos permite captar la esencia de su trabajo, a la vez que disfrutar de su amplitud y profundidad.
En la primera sala hay un conjunto de obras: Viaggio nel tempo [Viaje en el tiempo], La mia laguna [Mi laguna], Orizzonte magico [Horizonte mágico], entre otras, que ponen el acento en la idea del paso del tiempo, el horizonte temporal, el racconto, la vorágine y la repetición. De una manera inexplicable, este artista consigue plasmar y hacer coincidir la velocidad y la quietud en sus trabajos. Los sutiles trazos figurativos se desdibujan como si fueran borrados por el transcurso del tiempo. El tiempo parece condensado e infinito, como si las distintas temporalidades se superpusieran unas con otras en una misma imagen que lo puede contener todo y nada a la vez.
Asimismo, en Viaggio nel tempo [Viaje en el tiempo] y Codice Sconosciuto [Código desconocido] observamos una serie de símbolos, que podrían remitirnos a la alquimia antigua o a un lenguaje desconocido, en un espacio que existe solo dentro de la superficie pictórica, sin gravedad, liviano y etéreo, donde se organizan los elementos inscriptos.
El recurso de la repetición en la obra de Rossi borra y profundiza, no es tautológica, sino que contribuye a la generación de asociaciones y sentidos nuevos. La idea de la laguna, el alma, la epístola o la estela, son elementos que continúa trabajando para mostrarnos otros carices. Hay una incesante investigación acerca del devenir del tiempo sobre estos mismos temas, que funcionan más como ideas o conceptos que como motivos. Pero, a su vez, cada reiteración dentro de una misma pieza, como es el caso en la serie Viaggio nel tempo [Viaje en el tiempo] o Codice Sconosciuto [Código desconocido], despersonaliza o transfigura a la forma; así, cada componente pierde su singularidad, y, en este mismo juego, vuelve la atención sobre esta.
Si hay una prevalencia en la obra de Rossi, es que sus pinturas revelan una intuición de la cosa, no con la cosa en sí. Predomina una sensación, una añoranza o una rememoración del paisaje, que se hace presente a partir de muy sutiles contornos, perfiles y líneas que se diluyen en el espacio pictórico. La figura siempre ocupa un segundo o tercer lugar; nunca está en el primer plano, sino que se escabulle y requiere una mirada atenta y pausada. En Rossi no nos encontramos con las formas, sino con un indicio de ellas que se desvanece en un sinfín de escenas vaporosas, repletas de atardeceres y cálidos horizontes a modo de veladuras.
Dependiendo del formato que toma el soporte –a veces alargado, otras circular, vertical, e incluso cóncavo y convexo, cajas, nichos o capillas–, priman en la pincelada la horizontalidad, la verticalidad y, en ocasiones, la circularidad. Hay un fuerte sentido de unidad y concisión en cada pieza; de manera sucinta, Rossi logra condensar percepciones, emociones y pensamientos. No hay un resultado preconcebido, sino que es el propio decantar de su gesto instintivo sobre la materia el que guía su proceso creativo.
Por otro lado, en su serie sobre el alma, Paesaggio dell’anima mia [Paisaje de mi alma], observamos su asertivo uso del color. Un color que se ve dominado por la emotividad, así como por la alquimia y el esoterismo. Estas obras nos proponen profundidades y cavidades complejas, por lo general con una composición central, en una posible búsqueda de lo existencial. Podemos percibir un retorno al origen, a lo primigenio y esencial.
Rossi lleva años investigando los materiales y la tradición pictórica del fresco, especialmente la de la escuela veneciana. Son estos conocimientos y aprendizajes los que articula en la preparación de sus soportes de madera y lienzo, que son cubiertos por capas de arenas, yeso, cal y polvo de mármol, entre otros áridos. En cuanto a la pintura y los pigmentos, este artista retoma la técnica de la pintura al temple, con yema de huevo, aceites y cola de conejo, como era costumbre desde la Antigüedad.
A su vez, en muchas de sus piezas utiliza los metales, como el cobre, la plata o el plomo; en algunos casos como incrustaciones en bajorrelieve, y en otros, como remates que aplica a las chapas de madera. Estos elementos metálicos nos conducen de nuevo a la alquimia y a la transmutación de los materiales y su oxidación, así como a la transformación de las emociones, concebidas en sus obras como atmósferas.
De igual modo, la presencia del agua, en los colores [verdes y azules] y en los temas [barcas, naos y lagunas], vuelve sobre la importancia de este elemento desde una mirada alquímica. Incluso, en ocasiones, esas aguas se convierten en cielo casi sin transición alguna. Asimismo, el viaje es un motivo frecuente en gran parte de su obra; se trata de un viaje espiritual, sensible y metafórico.
Luego de este recorrido, abandonamos la exposición con una sensación cálida y serena, meditativa, que nos invoca a reflexionar sobre nuestra propia existencia y las vicisitudes del alma.